Verano quiere decir final. Tiempo que termina, algo que se agota. Un último paso. Veranear debería ser hibernar, ocultarse de la realidad palpable para moverse en otro campo menos concreto: un decorado expresamente montado para estos meses.
Hay algo inquietante en este tramo de tiempo, que nos obliga a volver la espalda una y otra vez para no perder de vista la salida, por si tuviéramos que regresar de improviso; no perder las señales, memorizar bien el camino.
Pero es solo un espejismo. En unos días, todo parecerá normal, cercano, lo que tiene que ser.
Hallazgo casual, como dirían los médicos: he encontrado, en una revista en la red, un poema del poeta serbio Lilac. Es lo primero que he leído en mi vida de poesía serbia y me ha gustado tanto que voy a copiarlo aquí. Creo que es de esas cosas que cualquiera desearía escribir, pero que, una vez escrita por otro tan bellamente, anulan cualquier posibilidad:
Verano quiere decir melancolía de los lugares.
Lugares que amamos
Los lugares que una vez amamos existen sólo por nosotros.
¿Espacios destruidos? Sólo una ilusión en la constancia del tiempo:
los lugares que amamos no podemos abandonarlos,
los lugares que amamos juntos, juntos, juntos…
Y esa habitación ¿es realmente una habitación o un abrazo?
Tras la ventana ¿hay una calle o años?
Y la ventana no es más que la huella dejada por
la primera lluvia que entendimos, en uno de los innumerables retornos;
y este muro no define la habitación, tal vez la noche
en que tu hijo comenzó a moverse en tu sangre dormida,
un hijo como una mariposa de fuego en tu pasillo de espejos
aquella noche en que tu propia luz te amedrentó…
Y esta puerta se abre a cualquier tarde
que la sobreviva, habitada por siempre
por tus movimientos casuales, mientras caminabas,
como fuego en el cobre, cada vez más hondo en mi memoria;
cuando marchas, el espacio se derrama como el agua tras de ti.
No mires atrás: nada existe fuera de ti.
El espacio no es sino tiempo que adopta una forma nueva.
Habitamos, superpuestos, todos los lugares que una vez amamos.
Los lugares que una vez amamos existen sólo por nosotros.
¿Espacios destruidos? Sólo una ilusión en la constancia del tiempo:
los lugares que amamos no podemos abandonarlos,
los lugares que amamos juntos, juntos, juntos…
Y esa habitación ¿es realmente una habitación o un abrazo?
Tras la ventana ¿hay una calle o años?
Y la ventana no es más que la huella dejada por
la primera lluvia que entendimos, en uno de los innumerables retornos;
y este muro no define la habitación, tal vez la noche
en que tu hijo comenzó a moverse en tu sangre dormida,
un hijo como una mariposa de fuego en tu pasillo de espejos
aquella noche en que tu propia luz te amedrentó…
Y esta puerta se abre a cualquier tarde
que la sobreviva, habitada por siempre
por tus movimientos casuales, mientras caminabas,
como fuego en el cobre, cada vez más hondo en mi memoria;
cuando marchas, el espacio se derrama como el agua tras de ti.
No mires atrás: nada existe fuera de ti.
El espacio no es sino tiempo que adopta una forma nueva.
Habitamos, superpuestos, todos los lugares que una vez amamos.
Ivan V. Lalic